Viajar para huir

Cuando decidí emigrar algunas personas me dijeron que estaba huyendo. Al principio eso me ofendía. No fueron una o dos personas. Fueron varias. Y cada vez que decidía irme a un nuevo destino, esa acusación florecía, en algún momento, de alguien de mi entorno. 

Dejé de enojarme e intenté ponerme en sus zapatos. ¿Cómo me veo desde afuera? ¿Cómo se mira a alguien que no puede permanecer por más de seis meses en el mismo lugar sin sentirse asfixiado, o cansado de la rutina? 

Por supuesto consideré la opción de que inconscientemente estuviera eligiendo huir de algo, sin darme cuenta. 

La primera vez que decidí emigrar me sentía frustrada, estancada y perdida. Había terminado de rendir todas mis materias de la universidad, pero todavía tenía que hacer mi tesis. El problema fue que no conseguía un director. Al menos cuatro personas me habían rechazado,y sentía que había fracasado en algo, que tal vez yo no era suficiente. Que no iba a titularme por no ser lo suficientemente inteligente. Sumado a eso, no estaba trabajando y mis padres me estaban manteniendo. 

En ese momento se presentó la oportunidad de irme por un año al extranjero. Podría decirse que era algo que no buscaba. Pero siendo sincera, siempre tuve el deseo de viajar y conocer otros lugares, y cada tanto investigaba sobre destinos y opciones de visas, aunque entre ellos, Estados Unidos jamas fue una opción. Sin embargo esa fue la oportunidad que llegó y la única que mis ahorros podían pagar. 

Entre tanta incertidumbre sobre mi futuro laboral y profesional, y con la autoestima por el suelo, simplemente fue para mí como una luz al final del túnel. Comencé a hablar sobre esa posibilidad con mi psicóloga, y poco a poco fueron apareciendo viejos sueños. 

En ese momento  tenía 26 años, y sentía que yo había dejado de ser yo. Había dejado atrás a la Camila de 18 años, que estaba llena de ilusiones cuando empezó la universidad. En medio de esas crisis identitarias, me fui reencontrando conmigo misma. 

Tenía 16 años cuando decidí estudiar Relaciones Internacionales. Una adolescente con sueños grandes, con ganas de recorrer el mundo y llenarse de experiencias. Pero en la cotidianidad de mis 20, yo la había olvidado. La primera señal que tuve fue acordarme de ella, y de lo decidida que solía ser. Esa camila de 16 años no hubiera rechazado esa oportunidad. Así fue que armé el viaje en dos semanas y mi búsqueda empezó. No era mi destino soñado o esperado, tampoco el trabajo que había imaginado. Pero algo dentro mio me decía que tenía que hacerlo, y con el tiempo esa experiencia me enseñó que debía escuchar mi intuición más seguido.

La primera vez que emigré, la vida olía diferente. Parece exagerado decir esto sobre un lugar al que jamás quisiste ir. Pero el día en que aterricé en Estados Unidos sentí como si hubiera vuelto a nacer. En efecto, ese día nació una nueva Camila. 

Ese día empecé a hablar un nuevo idioma,y fui desarrollando una nueva personalidad. También me empecé  a vestir diferente y me volví a enamorar de la vida. 

Todo era nuevo y revivió en mí la curiosidad y el entusiasmo por aprender algo nuevo cada día. El primer año se pasó volando, y me pareció muy poco tiempo para esa gran aventura. Por eso decidí quedarme uno más. Recién después de dos años viviendo allí, me sentí lista para volver a casa. Sobre todo porque me sentía preparada para terminar esa tarea que había dejado pendiente. 

La pregunta (o acusación) de que yo en realidad estaba huyendo de algo, se ha impregnado en mí, con la diferencia de que ahora me permito cuestionarme si podría haber algo de cierto. Tal vez una parte mía quiso irse lejos porque no podía lidiar con la realidad en la que vivía en ese momento. 

Dicen que quienes no se animan a emigrar tienen miedo de salir de su zona de confort. En mi caso creo que fue al revés. Yo tenía casi todas las comodidades: una casa, padres que me proveían y cuidaban, amigos,etc. Pero mi zona de confort se volvió demasiado incómoda para mi. Yo sentía que necesitaba nuevos desafíos. 

La primera vez que emigré, encontré algo que había perdido: mi autoestima, mi seguridad, el reconocimiento de mi valor y sobre todo mi autoconocimiento. Porque volví conociendome un poco mas y sabiendo que quería seguir viajando. Ese viaje de dos años me enseñó más sobre mi misma. y aunque todavía no se cual es mi propósito, o que quiero hacer profesionalmente, me hizo descubrir qué cosas NO quiero. Y para alguien en sus 30, eso ya es más que un buen mapa. 

Sé, por ejemplo, que no quisiera una vida rutinaria, con el mismo trabajo de tiempo completo, en el que solo pudiera viajar (con suerte) dos semanas por año. Por supuesto no es mi intención criticar ni juzgar a quienes tienen este estilo de vida. Simplemente no es algo que yo quiera para mí. Cada vez que algo se torna rutinario empiezo a aburrirme. Me siento atrapada y no puedo evitar desear algo más. 

Y por otra parte, también siento que en algún punto yo también voy a desear esa ‘estabilidad’, ese ‘hogar’ o una familia. Pero para cuando ese momento llegue, me gustaría haberme descubierto y conocido lo suficiente como para sentir que las elecciones de establecerme son mías y no son impuestas por otros.  

En definitiva, creo que una parte mía está huyendo de eso: de las expectativas de los demás.

4 comentarios en “Viajar para huir”

  1. Gracias por compartir tus experiencias con el mundo, inspiras a otros a salir adelante, a no quedarse estancado y hacer algo por nuestras vidas jeje
    Abrazos!! 🤗

  2. Me siento identificada también, y está bien sentirse así, en la búsqueda de nosotros mismos las experiencias es lo que nos queda, no me arrepiento de emigrar, y sé que es un camino lleno de altos y bajos pero 100% vale la pena.

  3. Sos admirable, Camila. Me alegra muchísimo todo lo que lograste y cómo te encontraste a vos misma en el camino. Gracias por compartir tu historia, inspira a seguir buscando lo que realmente queremos.

Responder a Gaston Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *